Octubre de 2017, Quito

Foto: Clarín

La debacle futbolística, e institucional, de Ecuador, amainó un poco el camino. Esta instancia hubiese sido doblemente traumática, incluso mucho más, si enfrente hubiera estado aquél equipo que se impuso con autoridad en el Monumental, cuando empezó este tortuoso viaje.

Pero el equipo de Quinteros se fue desinflando, de liderar las Eliminatorias en el primer cuarto, terminó eliminada ya unas fechas antes del epílogo. El rival más complicado para el equipo de Sampaoli, además de sus propios fantasmas, era la altura de Quito. Pero los que primero aparecieron fueron los fantasmas. Una jugada rápido y 1-0 para los locales antes de que concluya el primer minuto del partido. Demoledor.

De todas maneras, había un detalle para no olvidar. Esta vez, a diferencia de gran parte del trajín, estaba Messi. Y esta vez, a diferencia de los últimos partidos, ya la lección estaba clara. Si no lo hacía él, no lo haría nadie más.

A los 12’, a los 20’ y a los 62’, Lionel Messi se hizo cargo de la difícil tarea. La de cargarse a 40 millones de argentinos en sus espaldas los 17.000 km que separan Argentina de Rusia. Ahí nos veremos.

Se fueron las Eliminatorias más traumáticas en mucho tiempo. Con Messi lesionado, renunciado y suspendido. Con 3 técnicos diferentes y un vacío de poder y legitimidad como hace más de 30 años no había. Un desprestigio total, acomodado por Messi, con sus idas y vueltas, con sus 3 goles en Quito cuando estábamos en la lona.

Al fin y al cabo, ¿qué se buscaba? ¿A Messi? Se lo buscó, se lo perdió, y se lo encontró de nuevo. ¿Un esquema? ¿Una idea? Estar en Rusia. Clasificar a Rusia. Que Messi tenga esos partidos. Y ahí van.

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