Villach



Existen lugares que no existen hasta que uno los encuentra. Una imbricada conexión de trenes puede dejarte en el lugar más inhóspito del planeta. Así es Villach, al sur de Austria, en la frontera con Eslovenia. Así es para uno, que quiso llegar a Roma desde Ljubljana y tuvo que detenerse a esperar la conexión. 

Ese ensamble de trenes es lo más cerca a un agujero negro que uno puede estar. ¿Estoy en Austria? Si ¿Pero lo está uno si sólo se detiene por una hora en una estación? ¿Si no recorre, si no habla con nadie? ¿Puede uno contar en un asado, entre cervezas, que estuvo en Austria? ¿Puede usarlo para chamuyarse una mina?

¿Y sino, dónde estuvo uno esa hora de vida?

Con pocos pasos puedo salir de la estación, sorprenderme con un lugar desconocido, a medianoche. Se llega a ver un río que cruza, señal de prosperidad, de vida. Pero que no me dicen nada. No había estudiado para este destino, no le conté a nadie. No estoy. No existe.

Eso es Villach, un limbo, un error en el sistema. Un no lugar.


Podría quedarme a vivir en este agujero temporal, despegarme de todo, para siempre. Romper esos esquemas que nos atan. ¿Lo  aguantaría? ¿Cuántos días, o mejor, cuántas horas? ¿Qué hago si no encuentro WiFi o me quedo sin batería? La mera idea de salir de la ruta trazada me da terror. Quizá sea hora de afrontarlo, y esta es una gran oportunidad, en un lugar que jamás había escuchado antes, en un país que nunca había pisado ni tuve la intención de hacerlo.

Podría, pero ahí viene mi tren, ya pagué el pasaje, y me esperan en Roma. Mi destino me dicta la ruta, mi destino, ese que se va auto inventando mientras esquivo mis miedos.

Además, qué mierda hago en Austria. Mis amigos me esperan en Roma, con una reserva de hotel y entradas para conocer el Coliseo Romano, como un turista más.

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